Cada cuerpo migrante representa un desafío a los sistemas identitarios ya establecidos en un lugar al que se arriba. Al mismo tiempo -y paradójicamente- el cuerpo migrante experimenta un proceso de negociación interna, en el que cambiar de espacio y despedirse de las redes sociales de las que se es originario, la identidad existente se ve desafiada y obligada a adaptarse (King, Giusti y Calvelo, Martinicorena).
Antes de mis 21 años viví esto por tercera vez. Sin embargo, fue la primera vez que crucé una línea simultáneamente nacional, lingüística y social. Me intimidó habitar una casa en un territorio en el que no conocía a nadie y que no podía conocer a nadie, ya que esto sucedió durante una pandemia global.
Quería acostumbrarme a estar solo.
No;
tenía pánico a lo que sucedería si no lo lograba con éxito.
Un suicidio, otra gran depresión, una pérdida de esa salud que, preocupantemente, ya no me importaba.
Necesitaba acostumbrarme a estar solo.
Fue cuando solo poseí mi cuerpo que este se volvió mi motor para buscar maneras de quererlo: sin importar las percepciones de quien sea que estuviera a mi alrededor.
Tomé la oportunidad para permitirme sentirme emocionado por planear mi vida intelectual fuera de un sistema escolarizador.
Si estaba peleando con tanta fuerza en contra de la probabilidad de perder la vida, o una posibilidad de vida, tenía que saber qué significaba la ausencia de la misma para mí.
Y significaba miedo: a lo desconocido, a la temporalidad del ser humano, a la imperfección de todo lo que nos repetimos que es perfecto y apáticamente no entendemos. A todo aquello que no me es familiar, que viene a ser la mayor parte del universo. A aceptar las limitaciones de vivir en sistemas humanos. A experimentar la curva de aprendizaje que tiene el cerebro y, para colmarlo todo, contar solo con una unidad de vida para gastar, de la cual -si se tiene suerte- ⅕ de la misma se vive sin tener la capacidad de planear.
Con, sin, y a pesar de los miedos, fue que poco a poco un miedo real vino a suplantar una ilusión ideal. Leí sobre cuerpos que con menos, lograron ser. Y eso es lo que siempre quise: ser.
No solo me permití, sino que me fomenté ser. Tras prueba y error, hice de mi ser, un arte: el arte de ser.
Cada célula de mi yo del pasado comenzó un camino, al cual no serían biológicamente capaces de atender, pero que apuntaban a un patrón. Un patrón que, de acuerdo a las conexiones que fueron capaces de articular las mismas células de ese entonces, valía la pena recorrer antes de morir.
Y el patrón ha cambiado, forzándome a cambiar repetidamente con él. Y soy al hacerlo. Soy de maneras que nunca antes había sido, que asustarían al yo del pasado y que desafían con seguridad a aquellos sistemas que no han encontrado una forma de ser distinta a la que la probabilidad les brindó y forzó.
Después de tanto tiempo, tranquilamente me desplazo a 107,000 km/h alrededor del sol con muchas menos preocupaciones que el último yo que estuvo en esta posición relativa al sol, hace 365 rotaciones. Estoy solo, pero acompañado por todos los seres vivos del planeta. Existo y busco fomentar la existencia en aquellos cuerpos olvidados por los linajes de los primeros que contaron con el privilegio de ser.
Y me siento bien.
Inesperadamente bien.
En serio, yo solo quería acostumbrarme a estar solo.
Pero ahora soy solo:
y soy feliz.
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